lunes, 24 de agosto de 2015

Dante Gebel - De Espectador a Titular




Un campeonato mundial. Compras tu boleto y te ubicas en una posición donde puedas observar todo el estadio. El equipo sale al césped central. Va a ser un gran juego, televisado a todo el planeta. Los flashes fotográficos transforman el lugar en una tormenta eléctrica virtual. Y entonces, el director técnico se da media vuelta y busca entre la multitud.

Hay cien mil almas que colman el monumental estadio. El entrenador habla al oído de su jugador central, la figura del equipo, la estrella, el número diez. Y el jugador comienza a subir las gradas, apretujado por la multitud que lo aclama.

Aún no comprendes lo que sucede. El gentío abuchea al entrenador por retrasar el inicio del partido, mientras que la figura central del juego sigue escalando las gradas laterales. Se está acercando a ti, te busca con la mirada.

«No existe la más remota posibilidad de que esto esté ocurriendo», piensas, «debe ser una broma pesada, una cámara oculta para el programa de los sábados».

Ahora, el genio del fútbol, el multimillonario jugador, el astro de la noche está frente a ti, completamente agotado.

—El entrenador quiere que yo te reemplace —dice.
—¿Que me qué?
—Que te reemplace, que ocupe tu lugar.
—Debes estar equivocado, yo solo soy un espectador, solo vine a mirar —explicas.
—Por favor, no retrases el juego. Me sentaré a observar; tienes que bajar a jugar.
—Pero… es que yo no… bueno, tú eres… yo solo vine a…

Ahora sí la multitud está enojada. Cien mil espectadores observan la charla desde todos los ángulos del estadio. El abucheo es ensordecedor. El director técnico sigue en el centro del césped, esperando tu decisión.

—Por favor, baja al césped. Estás en el equipo. Es un cambio estratégico del técnico. No retrases el campeonato —dice el mejor jugador del mundo, mientras se sienta en tu grada y te da su camiseta.

¿Te parece una historia irracional? Entrevístate con Barrabás y pregúntale qué sintió cuando el Campeón ocupó su lugar. No sabemos qué pasó luego con el afamado ladrón ni tampoco si alguna vez jugó en el gran equipo. Pero estoy seguro de lo que sintió cuando fue reemplazado. Nunca olvidas ese día.
Puedes olvidarte del lugar donde Dios te puso, pero jamás olvidas de dónde te sacó.

(…) Cuando alguien te recuerde que eres un ladrón, menciona las palabras del entrenador. Cuando alguien te muestre una fotografía amarillenta de tus complejos, repite la frase del director técnico. No importa si nunca jugaste o si estás demasiado acostumbrado a ser espectador. Primero tienes que convencerte de que puedes cambiar tu estrella; luego, solo necesitas que te convoquen para jugar en las ligas mayores. El resto es entrenamiento, trabajo duro y acostumbrarse a ganar.
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