lunes, 18 de febrero de 2013

Cash Luna - Derribados, Pero No Destruidos

Jesús, quien nos amó, ha vencido al pecado y a la muerte. Y somos más que vencedores porque Él peleó la batalla y nosotros recibimos el beneficio, sin haber muerto en la cruz.  Es como un boxeador que gana el título y le entrega el cheque del premio a su esposa. Él es vencedor porque derribó al contrincante y recibió los golpes, pero su esposa es más que vencedora porque obtuvo la recompensa sin pelear. O también es como nuestros hijos a quienes hacemos más que vencedores porque les damos la oportunidad de estudiar sin tener que trabajar. Nosotros nos esforzamos por ellos. Peleamos la batalla y obtenemos los recursos para que ellos puedan recibir los beneficios. Así de generoso y misericordioso es el Señor con Sus hijos.




El amor de Cristo nos da la victoria
Romanos 8:35-39 asegura: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito:
Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Nada debe separarnos del amor de Cristo, quien nos ha hecho más que vencedores del mundo. ¿Cómo podemos identificar  a alguien más que vencedor? Pues al ver que se toma de la mano del Señor sin importar por lo que esté pasando, sea bueno o malo. Porque algunos se acercan cuando están mal, a punto de divorciarse o en bancarrota, y se alejan cuando comienza a irles mejor. Algunos jóvenes solteros dejan de servir en la iglesia cuando Dios les da la oportunidad de encontrar pareja y casarse. Así que para saber si el noviazgo está respaldado por Dios, evalúa si te acerca más a Él, porque todo lo que te aleje de Su amor te convierte de un ganador en un perdedor. También hay quienes están cerca del Señor y se alejan cuando algo no va bien. Pero, por sobre todas las cosas, nada debe separarnos del amor de Dios que nos hace más que vencedores.
 
Nuestra fe es la que vence
1 Juan 2:13-14 dice: Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre. Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno.
El Señor nos lo asegura, ¡ya vencimos al maligno! Es fácil vencerlo porque, de hecho, desde antes de enfrentarlo, ya había sido derrotado por Jesús. Entonces, ¿por qué a veces permites que te derrote? Porque realmente no crees que Jesús ya lo venció. Cuando confiamos en Él, las victorias se manifiestan en todas las áreas de nuestra vida, pero si confiamos solo en nuestra fuerza, no logramos vencer. Nuestra fe debe estar puesta en que fue Jesús quien venció al mundo, no nosotros. Si el diablo ya está derrotado, ¡créelo!, no te le acerques a verificarlo. Te cuesta vencer al vencido porque debes reforzar tu fe en la victoria que Dios ya te ha otorgado.
 
Jesús recuperó el dominio, autoridad y victoria
Génesis 1:28 comparte: Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.
Dios creó a Adán con dominio, autoridad y victoria. Pero al pecar, perdió lo que había recibido. Sin embargo, nosotros ya fuimos redimidos por la sangre de Cristo y gracias a Él recuperamos la autoridad. El problema es que cuando pecamos, sufrimos el daño colateral de la pérdida de confianza en nuestra identidad y capacidad de superar los errores, además de enfrentar los problemas en la familia y en la economía. Porque cuando caemos en tentación, desperdiciamos nuestros recursos y nos alejamos del amor de quienes se preocupan por nosotros. Si tienes algún vicio te gastas tu dinero en mantenerlo y enfrentas dificultades con tu esposa y tus hijos. Esos son daños colaterales. Al sufrir una enfermedad, el daño colateral es el poco rendimiento para trabajar y el gasto que implica comprar medicinas. Si lo vemos desde otro punto de vista. Entregarle nuestra vida a Jesús tiene múltiples beneficios colaterales porque al dejar los vicios podemos ofrecerle una vida más cómoda a nuestra familia y las relaciones mejoran. Cuando pecas, pierdes confianza para actuar, trabajar y relacionarte.  Así que confía en el Señor y acepta la redención que te ofrece y que te devuelve el dominio sobre el enemigo.
Mateo 28:18-20 explica: Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Jesús, el segundo Adán vino a salvarnos y nos hizo nacer de nuevo en Su Espíritu. En esa nueva vida, recuperamos la autoridad perdida porque Él tiene toda potestad sobre el cielo y sobre la tierra. Entonces, ahora puedes vencer porque ¡tienes autoridad de nuevo! Date por vencedor, recupera tu confianza en Jesús y Su victoria será la tuya.
 
Tu pelea está arreglada
Josué 6:1–4  relata: Ahora, Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía. Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra. Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días. Y siete sacerdotes llevarán siete bocinas de cuernos de carnero delante del arca; y al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán su bocinas.
La Palabra nos cuenta que Jericó estaba bien cerrada, pero que Dios le dijo a Josué que ya la había entregado en manos de Su pueblo. Y le dio instrucciones sobre lo que debían hacer. Actualmente hay puertas en tu vida que estaban cerradas, pero el Señor te dice que ¡están por caerse las paredes y entrarás donde no era posible! Las entradas que se encontraban cerradas están por abrirse. Confía y obedece las instrucciones de Dios, porque Él ya arregló tu victoria, así como dispuso todo para que Su pueblo conquistara Jericó.
La instrucción que Josué recibió no era esgrimir las espadas y pelear. Quizá eran indicaciones un poco extrañas para alguien que esperaba luchar por la Tierra Prometida, ya que rodear la ciudad y tocar las trompetas durante siete días no era precisamente la idea de una batalla, pero obedecieron, demostrando que nada los separaba de la fe y el amor que le rendían a Dios. Lo mismo debes hacer tú ahora. Obedece a tu Padre día a día y verás que lograrás en un día los que antes lograbas en siete. A veces crees que tu esfuerzo no vale la pena, te cansas de esforzarte por lograr el bien, piensas que perdonar, amar y bendecir no dan resultado, pero no desmayes, ¡confía un día más!  A veces debes hacer siete veces más de lo que piensas que es suficiente para recibir lo que Dios quiere darte. Él está convencido de tu victoria, pero tú también debes estar convencido. Con cada vuelta que los israelitas daban alrededor de Jericó, Dios seguramente decía: “Ya los veo casi convencidos, pero necesito plena certeza”. Al séptimo día, cuando les mandó dar siete vueltas, seguro que dijo: “Ahora es el momento, nada los separa de la fe que deseaba ver en ellos, es tiempo de que los muros caigan”.
Cuando sabemos que somos más que vencedores y que nada nos separará de Su amor, estamos dispuestos a seguir Sus instrucciones por extrañas que parezcan. Esa fe y obediencia es la que nos da la victoria. Seremos más que vencedores si estamos plenamente convencidos de que ni la vida, ni la muerte, ni el enemigo ni las puertas cerradas nos separarán del amor de Dios y de la fe en nuestra victoria.
 
Nunca destruidos
2 Corintios 4:7-9 asegura: Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos.
En medio de las dificultades, aprendamos a diferenciar lo externo de lo interno. Claro que podríamos estar atribulados en todo, en apuros, perseguidos y derribados, todo eso es externo, es lo que el mundo podría hacernos sentir. Sin embargo, nuestra fe en la victoria que ya tenemos provoca que a pesar de todo eso negativo, no estemos angustiados, desesperados, desamparados ni destruidos.
Porque la angustia y la falta de paz interior, la desesperación de pensar que no podremos salir del problema y el desamparo de sentirnos abandonados sin ayuda nunca serán una realidad dentro de nuestro corazón, si afirmamos una y otra vez que nada puede destruirnos, aunque seamos derribados.
Lo que vence al mundo es nuestra fe. Si las circunstancias te han derribado, levántate victorioso porque en el Señor, nada puede destruirte. Esfuérzate en obedecerlo, en rodear los muros las veces que sea necesario para que Él haga Su parte y los milagros sucedan en tu vida. Solo la fe puede darte el valor para hacer lo que Dios te mandará, porque los muros cayeron por el poder del Señor, no por la vueltas que el pueblo dio. Fue la plena confianza en Dios lo que les dio la victoria. Haz lo que Su Palabra dice y deja que Él mueva Su mano. Entrégale tu vida a Jesús, quien por Su gracia te ha dado la vida eterna y la victoria sobre el mundo.
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